Cada vez que un alumno nuevo entra por la puerta y dice "quiero aprender catalán porque aquí es donde viviré", siento que el trabajo tiene sentido. No hablamos de una lengua museo. Hablamos de una lengua que se usa, que irrita, que libera.
Hay una pregunta que me hacen mucho: "¿Por qué el catalán es tan importante si todo el mundo entiende el castellano?" Y la respuesta no es lingüística. Es política, es emocional, es una cuestión de quién tiene derecho a sentirse de aquí.
He visto a personas que llevan veinte años en Catalunya y nunca han aprendido catalán porque no tenían necesidad práctica inmediata. Pero cuando finalmente lo aprendieron, dijeron lo mismo: "Ahora me siento parte de un lugar." El catalán no es un requisito. Es una puerta.
Y una puerta está viva cuando duele cerrarla. Cuando un alumno se despide y dice que la echará de menos. Cuando una madre me escribe que su hijo ahora le habla en catalán en casa y ella le responde, por primera vez, sin vergüenza.
Eso es lo que quiero decir cuando hablo de un catalán crítico y vivo. No el catalán del examen. El catalán de la vida.